POESÍA: RAYMOND CARVER – 3 POEMAS

Sangre

Éramos cinco a la mesa de juego / sin contar al croupier / y su ayudante. El hombre / de al lado mío tenía los dados / en la mano. / Se sopló los dedos, dijo: / ¡Vamos, pequeños! Y se inclinó / sobre la mesa para tirar. / En ese momento, una sangre roja brotó / de su nariz, salpicando / el verde paño de fieltro. Soltó / los dados. Se echó hacia atrás pasmado. / Y luego aterrorizado cuando la sangre / corrió por su camisa abajo. ¡Dios mío! / ¿qué me está pasando? / gritó. Se agarró a mi brazo. / Oí funcionar los motores de la Muerte. / Pero en aquella época yo era joven, / y estaba borracho, y quería jugar. / No tenía por qué escuchar. / Así que me largué. No me volví ni siquiera, / ni encontré esto dentro de mi cabeza, hasta hoy.

Desocupado

Los que eran mejores que nosotros / vivían cómodamente en casas recién pintadas / con inodoros a botón en todos los baños.
Manejaban autos de modelo y marca / reconocibles.
Los que no tenían trabajo, estaban apenados, / no les iba bien.
Sus autos extraños estaban estacionados / sobre cajones, ‘al fondo’ de casas polvorientas, / donde se amontonaban infinidad de objetos inútiles.
Los años pasan y todo y todos son reemplazados. / Existen siempre, es lo que dicen, nuevas oportunidades. / Pero, para decir la verdad, / a mí nunca me gustó el trabajo.
Mi objetivo era permanecer desocupado. / Ése era mi mérito. / Me gustaba la idea de sentarme en una silla, / hora tras hora, frente a la casa, sin hacer nada / con un sombrero sobre mi cabeza y tomando una gaseosa.
¿Qué hay de malo en eso? / Fumar, escupir de vez en cuando. / Tallar madera con mi cuchillo.
¿Hay daño o maldad en esto? / En ocasiones salgo con mi perro a perseguir conejos. / Tenés que hacerlo alguna vez.
A veces levanto a un chico gordo y rubio como yo, / diciéndole: ‘‘¿de dónde te conozco?’’ /
Nunca digas: ‘‘¿Que querés ser cuando seas grande?’’

Esperanza

“Mi esposa, dijo Pinnegar,

cuando me abandona desea que yo destruya

mi vida. Esa es su última esperanza.”

  1. H. Lawrence. Jimmy y la mujer desesperada

Me dejó el auto y doscientos dólares.
Dijo: ‘‘hasta luego, querido.
Tomate las cosas con tranquilidad ¿me entendés?
Esto es todo. Absolutamente todo.
Esto es lo que queda
después de veinte años de matrimonio.
Ella cree adivinar lo que sucederá.
Piensa que me voy a gastar la plata
en dos o tres días
y que tarde o temprano
voy a destruir el auto – que ya era mío
y que además necesitaba varios arreglos -.
Al momento de alejarme
Los vi, a ella y a su novio,
estaban cambiando la cerradura de la puerta.
Saludaron con el brazo en alto.
Los saludé de la misma manera.
Sólo para que supieran
que no había malos sentimientos de mi parte.
Apreté el acelerador y me alejé rápidamente.
Estaba como atolondrado.
Ella, por lo menos, tenía razón en eso.
Seguí el camino de la ruina.
El alcohol fue mi compañero fiel.
Resultamos buenos amigos.
No me detuve.
Recorrí el largo camino sin escalas.
Pude, al fin, dejar en el pasado
A mi amiga, la botella.
Meses, quizás años más tarde,
cuando aparecí frente a la puerta
de esa casa
manejando un auto diferente,
sobrio, vistiendo camisa y pantalones
limpios y las botas bien lustradas,
ella lloró al ver mi cara.
Su última esperanza estalló en el aire.
Y ya no tendría más esperanzas.

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